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Liter@ria 2012

PREMIO LITER@RIA PARA LUCÍA MARTÍN PEÑA, ALUMNA DE 2º ESO


Lucía Martín Peña, alumna de 2º de ESO B, ha ganado el premio Literaria, organizado por el Departamento de Obra Social y Cultural de Caja de Burgos, sobre “Las leyes de Burgos de 1512” al mejor relato del mes de marzo y el premio al mejor relato de su categoría de toda la provincia de Burgos, seleccionado entre más de trescientos trabajos, según el fallo del jurado, que se hizo público ayer en el acto de entrega de premios celebrado en Burgos.

Os adjuntamos el texto premiado para que podáis disfrutar con él.

¡Enhorabuena!

 

 

 

 

Nunca es tarde 

Autor: Lucía Martín Peña
Colegio: Vela Zanetti
Población: Aranda de Duero
Categoría: 1er ciclo de ESO
Votos: 11

Cuando empezaba a ponerse el sol, distinguí la silueta de la ciudad. No pude menos que detenerme a admirar su belleza. Resaltaba la catedral. Tan alta y esbelta, parecía imantarte con sus torres y pináculos. Decidí no demorarme más; si me daba prisa, llegaría antes de que cerrasen las puertas. Así no tendría que pernoctar fuera de la muralla, como ya me ocurriera en Jaca, donde me vi obligado a dormir a la intemperie.

Rebasé la entrada a la ciudad y, tras santiguarme, me dispuse a buscar una pequeña posada. Dios, conocedor de mi fatiga, no quiso hacerme caminar mucho; enseguida encontré una, en la primera de las estrechas calles del barrio alto. Subí despacio las maltrechas escaleras y entré en un cuartucho con seis jergones malolientes, dos de ellos ocupados por otros peregrinos. Me dejé caer para dar descanso a mi cuerpo; mi alma no encontrará descanso jamás. Esa noche no pude conciliar el sueño. Durante el camino había ido encontrando una paz interior hasta entonces desconocida para mí, mas ahora, los recuerdos me acechaban con más fuerza que nunca. La única salida que tenía era enfrentarme a ellos. 

Me levanté sigilosamente, me puse la capa para protegerme del frescor de la mañana y eché a andar, deleitándome con cada rincón, cada callejuela... Burgos estaba bañada por la luz del amanecer. Desde muy temprano se apreciaba la intensa actividad de los mercaderes. Corría el año 1515; la estampa de la ciudad era más hermosa de lo que nadie pudiera imaginar. Rodeé la catedral. ¡Qué delicadeza y mimo había en cada detalle! La puerta de la Coronería era... sencillamente indescriptible. Yo mismo me veía en el Juicio Final ante San Miguel, pesando mi alma y condenándome al infierno. 

Sólo un paisaje de todos los que mis ojos habían contemplado superaba tanta belleza: las playas de La Española, con sus verdes palmeras y sus aguas del azul más puro conocido. Aun así, no conseguían transmitirme la misma serenidad que esta ciudad, gracias a la cual sentía que todavía podía subir al cielo; bueno, gracias a Burgos y al dominico fray Antón, a quien había conocido en la isla en la que tanto sufrimiento dejé. Él fue quien me abrió los ojos que yo mantenía tan cerrados. Él fue quien me dio una última oportunidad de servir fiel y devotamente lo que Dios ordenaba. Él sí que merecía ir al cielo a sentarse a la diestra del Señor.

Perdido en mis pensamientos, salí por una de las puertas de la muralla, crucé el río y me encontré cara a cara con el convento dominico de San Pablo. Según había oído, allí se aprobaron las Leyes de Burgos para proteger a los indígenas, maltratados por desalmados como yo. A mí, conocer esto, sólo me servía para mortificarme por mi odiosa conducta en aquel infierno que creamos; todo por no cumplir las Ordenanzas Reales y seguir con la avaricia infinita de conseguir más y más cada día.

Ahora necesitaba descargar de mi conciencia todos los pecados que había cometido, haciendo tanto daño a los indios del Nuevo Mundo. No se me ocurrió mejor penitencia que realizar el Camino de Santiago y suplicar mi perdón al Santo Apóstol. Antes debía despojarme de todo lo material, tan cruelmente conseguido como encomendero.

Sin pensármelo dos veces llamé a la puerta del convento. Quería hacer una donación a la Orden para que pudiesen seguir luchando por los derechos de los indígenas. Así se lo hice saber al joven dominico que me recibió. 

Le seguí hasta el claustro, muy bello y de grandes dimensiones. Había varios dominicos hablando en una de las galerías. Todos se giraron hacia mí. En ese momento reconocí a fray Antón. No conseguí articular una sola palabra, de modo que me arrodillé ante él. Ese reencuentro tenía un gran significado para mí.

Nos retiramos a la capilla de Santa Ana. Allí le reiteré mi agradecimiento por haber dotado a mi vida de un nuevo sentido. Las lágrimas recorrieron mis mejillas al recordar aquellos oscuros días de malos sentimientos que generaron tanto dolor y desesperación, incluso la muerte, a muchas personas inocentes. Sabía, por fray Antón recién llegado a España, que todavía quedaban muchos tiranos oprimiendo a un pueblo deseoso de no habernos conocido.

Rezamos juntos pidiendo a Dios que nos diese fortaleza y valentía para afrontar la ardua tarea que había por delante: conseguir que todos los indígenas fuesen tratados como seres humanos.

Fray Antón me regaló su rosario y me susurró estas palabras:

- Para el arrepentimiento, nunca es tarde, Diego. Nunca es tarde.

Palabras que resuenan con cada paso de peregrino que doy y que me ayudan a mantenerme vivo.

Dejo atrás el convento y prosigo mi camino. Burgos descansa a mi espalda, con una luz intensa de septiembre, con un viento que bien pudiera llevarse mis pecados lejos, muy lejos.


Valoración del jurado: 

Lucía. \"Nunca es tarde\" es una historia interesante y bien articulada. Has sabido idear un relato diferente que sutilmente nos transmite el mundo de los nativos a la llegada de los conquistadores. Bien. Ya has comprobado qué divertido es escribir e imaginar historias. Te esperamos con interés el próximo mes.

 

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